Sólo hay una cosa que el dinero no puede comprar. Sinceridad.
En esta ciudad, los márgenes se ubican en el centro.
—A quienes trabajamos aquí no nos gusta hablar de ello.
Una mirada sin pelos de hasta dónde se avienta la gente por lo que quiere, una mirada desde ambos lados de la transacción.
Una obra de ficción que nunca se aleja de los hechos.
Doce horas. Veintidós vatos. Las otras traen pura lencería. Esta morra: es enfermera, conejita, futbolista, monja. Entra decidida. Sale con la lana.
"Aquí nadie está a la fuerza. Vemos el letrero en la ventana. Pedimos la chamba."
Le dicen tranquis antes de que amanezca. Unos vatos duermen desparramados en las entradas. Traen el pantalón húmedo. Fíjate por dónde pisas. La alcantarilla se volvió a tapar. Un camión se avienta por el charco y baña la banqueta. El letrero dice ABIERTO. La puerta siempre está abierta. Así jala más el negocio.
Una le marca a su bato pa' que venga por ella. Otra para un taxi. Otra camina a la esquina con cara de preocupación. Los morritos ya van a despertar y su jefita ya se fue a la chamba.
"Conocemos un chingo de vatos. Pocos interesantes. Ninguno pa' llevarse a la casa."
Pum. Pum. Pum. Uno en la banqueta. Otro en el umbral. Otro atrás del escritorio.
Carlos Salazar. Diego Montemayor. Platón Sánchez. Reforma. Alguien está tumbando a los que manejan los masajes, uno por uno, a puro plomazo bien puesto en la cabeza.
La enfermera, conejita, futbolista, monja—ella vio cinco kilos de perico en un cuarto de hotel la otra semana.
Lo truenan al jefe esta noche.
Qué pedo. Neta.
Revisado el 28 de mayo de 2026.
¡Ay, papi! A plena luz, al oscurecer, 3:00 AM. Monterrey, centro. Alguien está tumbando a los que manejan los masajes. Uno por uno. Una bala bien puesta en la cabeza. El Metro subió otra vez. Las tortillas también. ¿Sabes quién vende el mejor pozole de este rancho? Las chicas siguen dando servicios. Los tipos siguen pagando. Una bala tiene la última palabra.
—¿Recuerdas sus caras? —le pregunta él.
—¿Recuerdas las nuestras? —responde ella.
Hay un lado de la ciudad que vive del anonimato. Es a donde caes cuando no encuentras lo que buscas en ningún otro lado. Llegas, te dan lo que vienes buscando. Y vuelves. Lo único real es la feria en el pantalón y los billetes bien dobladitos al fondo de la bolsa.
Monterrey, centro. Alguien está tumbando a los que manejan los masajes, uno por uno, a puro plomazo bien puesto en la cabeza.
Las chicas siguen con las cuentas. Los vatos siguen parados en la puerta. Afuera el pinche letrero nomás dice "¡YA ABRIMOS!" Y a alguien todavía le queda jale por hacer.
La verdad a menudo se encuentra en lo no guionizado, lo incómodo y lo no resuelto.
Hay una parte de la ciudad que prefiere el anonimato, que se resiste a la intrusión a menos que, por supuesto, estés allí por negocios.
ABIERTO. Tres en esta cuadra. SOLICITANDO CHICAS. Un corazón con Sharpie lo deja bien claro. El reggaetón se mete por las paredes. Lana. Cierran los antros. Pitan los taxis. Lana. Cuernitos Bimbo y Joya Manzanita del Seven. Lana. Cigarros y un encendedor, económico por favor. Lana. Las morras se paran cada que entra un desconocido. Lana. Se les borra la sonrisa en cuanto el vato escoge a otra. Lana. —Todos opinan, pero si no lo has vivido, no sabes ni madres. Lana. La cubeta de plástico ya se desborda: bolas de papel arrugadas, toallitas húmedas, condones usados. Lana. Lana. Lana.
Monterrey, centro. Uno es de chiripa. Dos, casualidad. El tercero, limpia. Alguien está tumbando a los que manejan los masajes, uno por uno, a puro plomazo bien puesto en la cabeza.
Es mejor trapear la sangre antes de que se seque. El hoyo en la pared puede esperar.
¡YA ABRIMOS! La lona de la puerta está caída de una esquina.
Los albañiles tapan los hoyos que dejan las balas atrás del escritorio. El cloro se lleva casi toda la sangre pero deja su propia mancha en todo lo que toca.
Un día chido y están en chinga, uno tras otro. Un día jodido y con una mano tienes pa' contarlos. Entre cliente y cliente, las chicas andan bochincheando, scroleando, jetonas, o nomás clavadas en la puerta. Tele prendida en la esquina. Virgen en la ventana. Una orden a medias de Tlaquepaque, de Rayón, arriba del escritorio.
Estas cosas no se inventan, wey. Y ella ni ocupa.
Sale el que se siente bien vergas y te avienta que es “alguien importante”. Sale el que se pone cursi y te suelta que eres “especial”. Sale el que jura que es bien lindo mientras te aprieta la muñeca machín. Sale el que se cree chistoso y cuenta el mismo chiste tres putas veces. Sale el héroe que dice “te saco de aquí” y te deja pa' unos tacos de la esquina, si bien te va. Sale el que ni te puede ver a los ojos. Sale el que te pregunta “¿estás bien?” como si le importara.
El poli. El chofer de la ruta. El reportero. El padrecito. El vato del delivery. El gerente. El teporocho de la esquina. (Ese, la neta, era humilde y buena onda.)
Quince minutos de fama, wey. Es lo que te dan en la 800 de la Juan Álvarez. —Que le vaya bien, señor—. Y vámonos.
Llegan buscando lo que no hay en otro lado. Ella, Marlboro pepino en la mano, buscando cómo aguantar despierta. Salen bien creídos, con su mentira, su sonrisa, y el bulto que se les hace chiquito en una cuadra o dos. Ella se va a casa con la renta.
La puerta siempre está abierta, wey. Acaban de meterse dos. Va a estar chido el día.
Le llaman la vida. Las más jodidas tienen a las morras paradas en la puerta, hasta en la banqueta. Las mejorcitas dejan la puerta nomás entreabierta. Las morras sentadas en un sillón, apenas se ven desde afuera.
Y ahí viene el desfile.
Uno se siente bien vergas y te avienta que es alguien importante. Uno se pone cursi y te confiesa que eres «especial». Uno te jura que es bien lindo mientras te aprieta la muñeca machín. Uno se cree interesante y cuenta el mismo chiste tres putas veces. Uno dice —te saco de aquí— y deja de propina pa' unos tacos de la esquina. Uno ni te puede ver a los ojos. Uno pregunta si estás bien.
El poli. El chofer de la ruta. El reportero. El padrecito. El vato del delivery. El gerente. El teporocho. (Ese, la neta, era humilde y buena onda.)
Pagan pa' ser lo que no son. Las morras salen con la feria. Los cuartos van a estar ahí mañana pa' recibir otro desfile. El trato también. Las morras venden el acceso. Los vatos compran un boleto que se vence en minutos. Extras. Son aparte.
Donde lo único real son las manchas en las sábanas y los billetes doblados hasta el fondo de la bolsa, jalar el gatillo no es el último recurso. Es lo primero que haces.
En pleno solazo. Ya cuando se mete el sol. A las tres de la pinche mañana. El jale de siempre se va a la verga.
Una volteada. Un brazo estirado. Sus ruegos se cortan con el flashazo y quedas sordo un rato por el tronido a quemarropa.
Llámale canícula, gajes del oficio. ¿Quién chingados iba a pensar que tener una sala de masaje te pone en peligro de extinción? Alguien trae un mensaje, y lo manda de a tiro por tiro, bien puesto.
Donde se topan la desesperación y las ganas y el neón pinta la noche, esa rayita entre coger y matar se brinca más pelada cada vez que le calas. Nada grita «ya no soy tuya» como tronarle la cabeza a un cabrón que se lo ganó.
El letrero dice ABIERTO. La puerta siempre está abierta. Estás bien embarrado ya.
No tocar. No besar. No encuerarse. Una pose. Condón a fuerza. Extras, son aparte.
El matón te cuenta qué se siente mirar por el cañón y tronar.
Tú no pediste ser testigo.
Tú elegiste embarrarte.
Se para en el Seven de Villagrán y Ruperto Martínez. Chocolate de máquina. Botón 3. No hay Marlboro pepino, pura sandía. El cajero la ubica. No la pela. Se le olvidan las toallitas. Se regresa.
Tres vueltas para hallar dónde. Treviño, a la vuelta. Conoce al dueño. El carro no lo tocan. Unos vatos en la banqueta le gritan algo.
Los lockers están detrás de la cortina al fondo del pasillo. Ropa de calle, fuera. Minivestido, puesto. La Sra. Norma en la entrada. Mantiene el pedo tranquilo. Lleva la cuenta. Quién. Qué. Cuánto. Canta los nombres cuando se les acaba el tiempo.
Así de simple, pa' que no se hagan bolas.
No besos. No tocar. No encuerarse. Una sola pose y ya. Lo demás se cobra.
Que venga listo. Checada rápida. Sin granos. Sin pus. Se lo limpia. Abre el condón con los dientes. Listo. Se sube el vestido. Se hace la tanga a un lado. Se recarga. Aprovéchalo.
La mayoría acaba en cinco. El último ocupó siete. Él se va bien gallito. Ella se va con lo de la renta.
Unos nomás le batallan y le batallan. Ella grita como si sí. Se agüitan, no dicen nada. Y vuelven. A ver si la otra.
—¿Te traigo algo de la esquina? ¿Fumas Marlboro, no? Un wey con corazón. Le dice que no. Hay dos esperando.
La bolsa va de cuarto en cuarto. Condones sueltos y un paquete de Shein. Botellas de Prudence. Bien tapadas. Las toallitas por supuesto. Bimbo Cuernitos y Joya Manzanita pa' luego. Dos celulares. El de Super Mario se lo presta a los werkillos en la fila del Walmart. El otro número se lo pasa a los vatos. Equis.
Las chicas: Amber, Tania, Yaya, La Güera. La semana pasada se mocharon pa' una caja de lubricante. Los clientes no se comparten. Una empieza a cobrar menos. Se lleva toda la chamba. La alinean. Aquí no se hacen amigas.
Un vato le da tres vueltas a la cuadra. Se hace pendejo en la puerta. A la cuarta entra como si fuera la primera vez.
Ella sale a las ocho. El tráfico va a estar bien culero.
—Ay, papi... qué calor... qué calor tiene tu verga...
Entre más corriente habla, más piensan los vatos que es neta.
ABIERTO. Diez en tres cuadras. SE SOLICITAN CHICAS. Con corazoncito y todo. Puerta abierta siempre. Así jala más raza, es mejor pa'l negocio.
Pasa el urbano retumbando. Sube el tufo de la alcantarilla. En el cuarto de la derecha un vato está pujando. Su panzota le brinca a la chica en el colchón. Le chorrea el sudor en la cara. Y a nadie le importa.
Aquí te dan lo que pagas. Debería estar pintado ahí mero abajo donde dice PRESERVATIVO OBLIGATORIO y NO FUMAR.
Cariño, te suelta, sin quitarle el ojo al cel, nomás te ve entrar. No te claves, aunque te guste cómo suena. Las demás te avientan una sonrisa que se les borra en cuanto escoges a otra. Aquí las sonrisas son desechables. Nomás significan una cosa.
El vicio no trae esperanza, trae feria. —Unos pocos de esos orgasmos sí son neta —confiesan las chicas. Juntan pa' la renta. Uniformes pa' los werkos. La medicina pa' la jefita. Un abono del comedor de Elizondo o de Elektra. Todos agarran su corte. Y todos, pos ni modo.
Los de planta las conocen por nombre, por el nombre que ellas les dicen, claro. Igual que ellas, van por lo que no encuentran en ningún otro lado. Les dura lo que les dura. Unas cuadras, por lo menos.
—Ay, papi... qué rico se siente tu verga... dame tu leche...
Las chicas llegan con los recibos en la bolsa y los werkos enfermos en la cabeza. A este jale le dicen trampolín. De repente todo se alcanza. Ya saben lo que es pararse doce horas en la tortillería por 250 bolas o vender tacos a vapor en el solazo. Aquí se hacen eso en veinte minutos, o menos. Haz cuentas. Es sacarse la lotería. Es un cajero que nunca dice no. Y a veces le pegan al gordo.
Los vatos que entran por la puerta no son monstruos ni enfermos. La mayoría no. Cae la quincena. Llegan con feria en mano, a pata o en taxi. A veces traen carro, aunque más de uno ha salido nomás para ver que se lo lleva la grúa por mal estacionado o por no echarle bien al parquímetro.
Algo se está moviendo en esta cuadra. No es casualidad. El dueño. El encargado. El cadenero. A cada uno, un balazo en la cabeza. Deja un charco bonito pa' limpiar. El trapeador y la cubeta están al fondo del pasillo. —Que le vaya bien, señor. Es otro tipo de maña. El error es pensar que es el último recurso. A veces tiene que ser lo primero que haces.
Le dicen tranquis justo antes del amanecer. Hora de irse a la casa. La mancha no se quita. Ni le intentes. Los que miran se hacen pendejos. Los que la hacen ya andan buscando al siguiente.
—Ay, papi... dame esa rica paleta que trais...
—Se acabó —dice ella— ya es hora de irte.
Alguien anda por la ciudad tronándose a los que manejan los masajes. Ni preguntes quién. Ni preguntes pa' qué. Nomás da gracias que por fin hubo huevos.
-30-
SOLICITO CHICAS, dice el letrero. Hay uno en esta cuadra, y en la que sigue, y en la que sigue. Esto es depredación a escala industrial. Y chance es más grande todavía.
Las chicas hablan pelón de todo el desmadre. Lo que piensan de los hombres. Cómo se miran. Qué cuesta hacer el jale. Qué importa y qué vale madre, y por qué.
Trato de novios es inventado, pero no miente. La historia se va contigo a tu casa, y esta noche no duermes solo. ¡Pásele, caballero! ¡Pásele! Aquí están las chicas. Las caras cambian. La cuadra es la misma. Mañana es otro pedo. No lo vas a olvidar.
Llámalo confesión de un delito en caliente.
Donde el hambre y el antojo se hacen compas y el neón escupe la noche, no le muerdes la mano al que te da de tragar. Le truenas la cabeza.
Actos descarados de violencia, narrados por el perpetrador, acompañan una mirada sin pelos de hasta dónde se avienta la gente por lo que quiere, una mirada desde ambos lados de la transacción.
Cada quien se lleva lo que vino a chingarse.
Ellas se van con la renta y con ganas de volver mañana.
Tú te vas con la sonrisita que te dura tres cuadras.
Nomás hay una pregunta. ¿Qué se necesita pa' monetizar lo humano? ¿Qué se necesita pa' agarrar una tajada del pastel?
Como dicen las chicas: —Algunos de esos orgasmos sí son reales.
¿Qué prefieres creer?
Los que miran se hacen pendejos.
Los que la hacen ya andan buscando al siguiente.
Al cerrar la noche, todo está claro. Ella va a lo suyo. Tú vas a lo tuyo.
¿Quieres un consejo? Sal de ahí antes de que truenen los cuetes. Mejor aún, invítala a un café. Ya mero amanece. Le gustaría. Nunca se sabe. A lo mejor hoy sí tienen suerte los dos.
El problema.
—¿Qué haces? ¿Por qué escribes esto?
Sus ojos me decían que realmente quería una respuesta.
—Quiero darte voz —el héroe habló, orgulloso de sí mismo.
—Tengo voz —respondió ella—. El problema es que nadie la escucha.
—¿Entiendes? —ella casi escupió—. Apunta eso. Publica eso.
Opciones.
—Leí lo que escribiste —ella empezó—. Tenemos que aclarar algo
La expresión de su rostro decía que me lo merecía.
—Escucha. No sientas pena por mí. Ni te atrevas a sentir pena por mí. Yo elegí esto. De todas las cosas que puedo hacer, esto es lo que mejor me funciona. Si hubiera tenido mejores opciones, podría haber tomado mejores decisiones, pero no las tenía. Tomé lo que tenía a mano y tomé la mejor decisión posible.
—Déjame decirte algo más. He vuelto a esto varias veces y lo sabes. Y seguiré haciéndolo hasta que encuentre algo mejor, pero sea lo que sea, que sea bastante bueno, porque esto realmente me funciona.
Las palabras adecuadas.
—Todos somos animales y nos chingamos el uno al otro cada oportunidad que tengamos.
Déjalo en manos de esta. Tiene un don para encontrar las palabras adecuadas.
—Lo ves a diario —ella continuó—. No me digas que no. Está detrás de cada titular que publicas. Es la razón por la que tienes un trabajo. Algunas simplemente somos más directas al respecto.
Lo que realmente importa.
—¿Te crees algo, ¿verdad? Conseguiste meterle la verga. Ella gimió por ti.
—¿Sabes qué? No conseguiste nada realmente importante.
—No estabas invitado a la fiesta de cumpleaños de su hijo.
—O al velorio de su mamá.
Se esfuerzan más.
—Sí, hablamos de los tipos a sus espaldas. Está chido para una risa de vez en cuando. Todas las chicas están de acuerdo. Los guapos son los más decepcionantes. Mucho ruido y... ¿ya está? ¿Eso es todo? Los de aspecto promedio se esfuerzan más. Tengo muchas más probabilidades de llegar al orgasmo con un tipo que se esfuerza que con uno que piensa que es un campeón porque tiene un cuerpo musculoso y lleva un traje caro.
Dos razones.
—Hay dos razones por las que las chicas se involucran en esto, —comenzó ella—. Una es para apoyar a sus familias. La otra es porque les gusta estar en medio de la mierda.
Gracias.
—Aún no he terminado de enojarme contigo —ella dijo—, pero quería decirte algo.
—Contaste nuestras historias. Sabía que lo harías. Gracias.
Dicho esto, se dio la vuelta y se alejó. No miró atrás.
Yo sabía que no lo haría.
¿Qué te llevó a escribir sobre esto? Nadie habla de esto ni lo hace de esta manera. A la gente le gusta pintar eslóganes en las aceras e insiste en que eso marca la diferencia, pero nadie habla de cómo es realmente vivir aquí y lidiar con esto a diario.
...bájale de huevos cabrón deja de estas mamadas no sabes con kien te estas metiendo no te lo voya desir dos veces...
No puedes sentir lástima por alguien que ha elegido su camino en la vida. Quienes quieren meterse en la mierda, se meten en la mierda. Saben lo que están haciendo. Todas quieren estar allí. Si no, no estarían. Eso no va a cambiar.
...aléjate de mis chicas, ojete, si no quieres acabar hecho pedazos en una hielera y con tu cara en el cartel de los desaparecidos...
Monterrey tiene mucho más que ofrecer aparte de la C. Villagrán. ¿Por qué no visitas los museos? Deja la Viagra, digo, Villagrán. ¡Haz algo saludable por una vez! Tenemos más que putas en Monterrey. ¡Mundial 2026!
¿Escribiste una historia sobre las putas? ¿En serio wey? ¡Qué dulce de tu parte! ¿Por qué no escribes algo sobre la gente que se levanta temprano para ir a chambear todos los días? Los que no toman el atajo... También tienen vidas que importan con historias que contar y cosas que decir...
Próximamente.
Próximamente.
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Bumper 1.
Bumper 2.
It wasn't the murders that mattered. It was the love story.
No eran los asesinatos lo que importaba. Fue la historia de amor.
There's only one thing money can't buy. Sincerity.
Sólo hay una cosa que el dinero no puede comprar. Sinceridad.
How far will you go to get what you really want?
¿Hasta dónde llegarás para conseguir lo que realmente quieres?
Nothing says love like pulling a trigger.
Nada expresa amor como apretar un gatillo.
Some things are better than sex. Killing is one of them.
Hay cosas mejores que el sexo. Matar es una de ellas.